Dark Light

—¿Por dónde íbamos? —preguntó el viejo, mientras extendía las palmas de sus manos al calor de la lumbre. Los chavales se arremolinaron inquietos.

         —¡Estamos llegando a Abraláin! —recordó Blanca.

         —Sí… ¡Donde vivo yo, Amaniel, Granmestre de los caballeros! —informó Jorge, sacando pecho.

         Empezó la revolución. Cada uno de los niños quería ser algún personaje; y, como suele ocurrir, se peleaban por quedarse con los personajes más apetecibles.

         —¡Yo soy Clara! ¡Yo soy Clara! ¡Porque la Seño siempre me dice que soy un ángel —argu—mentaba Rosita—, y el otro día me dijo el cura que soy un sol!

         —¡Pues yo soy el jefe de los yakis y os voy a cortar a todos la cabellera! —repuso Raúl, más revoltoso que el diablo de Tasmania, al tiempo que empezaba a tirarle del pelo a Jorge…

         Tuve que poner orden.

         —Basta de tonterías, enanos… —comencé— ¡…o el caballero Pipo va a tener que daros una lección! —concluí, mientras echaba mano del bastón del viejo (que descansaba en su regazo) y lo alzaba amenazante…—.

         —Ten cuidado, no vayas a hacernos daño… o a hacértelo tú —me advirtió el viejo. Un poco avergonzado, le devolví el báculo —. Gracias. Me viene bien para recorrer los caminos. Bueno, así que estábamos llegando a Abraláin: cuna de la ancestral orden de la Esperanza, baluarte de la frontera Sur de la galaxia civilizada…

          Las nevadas montañas, los frondosos bosques, los cristalinos lagos, las verdes campiñas y las florestas multicolores deleitaban su vista. Por todas partes, escuadrones de caballeros —bien a pie, bien a lomo de briosos corceles— realizaban sus ejercicios de entrenamiento: lucha con la espada, justas con la lanza, encantamientos con magos… A Pipo se le hacía la boca agua.

         Pusieron proa a Mirabilia, la capital de Abraláin, donde se alzaba el imponente castillo de siete torreones en que vivía Amaniel, con la intención de aterrizar en su magnífico puerto. A medida que se acercaban distinguieron al insigne gran maestre, saludándolos desde lo alto del torreón más alto. Fuegos artificiales iluminaron el firmamento, y siete flamantes carabelas zarparon y se allegaron hasta el galeón para darles la bienvenida, escoltándolos hasta el puerto.

         Cuando hubieron aterrizado, Pipo fue despidiéndose uno por uno de todos los viajeros del galeón, abrazándolos con emoción —pues habían compartido experiencias y peligros sin cuento.

         Reservó la despedida de Candi para el final. Al acercarse a éste, lo encontró sollozante.

         —¿Qué te pasa, Candi?

         —Nada… que ya no volveremos a vernos —contestó Candi tragándose a duras penas las lágrimas—.

         —Ya. Pero eso es porque tú amas la marina mercante, y te empeñas en seguir en ella. Cuando yo sea un caballero, necesitaré un escudero… Pero claro, tú no querrías ser mi escudero, ¿verdad?

         A Candi se le iluminaron los ojos y, dando un salto de alegría, se abrazó a Pipo.

         Se encaminaron al castillo de Amaniel. El propio gran maestre salió a recibirlos, acompañado de su consorte, la noble Adelaida, y su hija, la adorable Griseida. Amaniel frisaba la sesentena, era de complexión robusta y lucía barba gris. Su aspecto campechano desdecía la grandilocuencia de su título. Pipo inclinó humildemente la cerviz ante Amaniel, pero éste se saltó el protocolo.

         —Déjate de ceremonias y dame un abrazo, muchacho —Pipo le obedeció gustoso—. Lo conozco desde que era un crío —explicó a su mujer y su hija—; todavía me acuerdo de cuando le di sus primeras lecciones con la espada… ¿Qué tal tu padre, el viejo Elías?

         —Bien. Os envía recuerdos, a tu familia y a ti… y un presente —dijo, y acto seguido le entregó una magnífica espada.

         Tras recibir con entusiasmo el regalo, Amaniel le presentó a su familia. Griseida era en verdad adorable. Tenía la misma edad de Candi, y éste la miraba embelesado. Pipo se dio cuenta y, echándolo hacia delante apoyando una mano en su espalda, procedió a su presentación.

         —Éste es el intrépido Cándulo, Candi para los amigos. Espero que llegue a ser mi escudero… si es que yo llego a ser caballero —Candi sólo tenía ojos para Griseida, aunque enrojeció como un tomate al presentarlo Pipo. Pese a su azoramiento, hincó una rodilla en tierra y besó la mano de Griseida, quien también enrojeció, por no estar acostumbrada a este tratamiento.

         —A… a vuestra disposición —logró articular Candi.

Griseida enrojeció y bajó la vista, pero luego la alzó de nuevo y, fijando sus ojos en los de Candi, sonrió con dulzura.

         —Encantada. Pero levantaos, por favor.

         Pipo, algo temeroso por la iniciativa de Candi, miró de reojo a Amaniel, quien contemplaba la escena sorprendido. Pero sus labios se distendieron en una amplia sonrisa.

         —¡Qué galante! —bromeó. Seguidamente se volvió a Pipo— Pero vendréis cansados y hambrientos del viaje. Venid y comeremos algo.

         Accedieron al salón de la Corte. Era una enorme estancia circular, con grandes ventanales que lo bañaban de luz. En el centro se alzaba una especie de altar, sobre el cual oscilaba, suspendida en el aire, una llama incombustible: la llama de la Esperanza. Candi, maravillado, no daba crédito a sus ojos: en la parte central, exhibiendo sus artes diversas, había saltimbanquis, malabaristas, tragafuegos comiéndose sables incendiados, juglares con su laúd, arlequines y bufones… Cada artista o pequeño grupo de tales ofrecía su espectáculo a varias damas y caballeros. Pues una gigantesca mesa circular circundaba la parte exterior del salón, y a su torno estaban sentados los caballeros —con sus relucientes armaduras— y las damas —con sus preciosos vestidos—, orientados hacia el interior.

         Ocuparon sus respectivos asientos. Durante la cena, Pipo fue contándole a Amaniel las peripecias de la travesía. Cuando relató la aventura de los yakis se recreó en la caracterización de Candi como Griseida. Adelaida y Amaniel se tronchaban de risa; pero, al detallar su actuación decisiva para el éxito del plan, Griseida no pudo reprimir una mirada a Candi de encendida admiración. Candi aparentó no percibirlo; sin embargo, se sentaba muy erguido y sacaba pecho todo lo que podía.

         Al día siguiente, Amaniel procedió a la presentación formal de Pipo ante los caballeros de la orden. También le presentó informalmente a diversos caballeros, algunos de los cuales habían de ser sus maestros. Luego se lo llevó a dar una vuelta, con la excusa de enseñarle Mirabilia.

         —Muchacho, tu instrucción va a ser más rápida de lo que sería conveniente —le informó, una vez que caminaban a solas—. Necesitamos con urgencia brazos fuertes al servicio de nuestra causa. Las fuerzas de la oscuridad están pegando con fuerza. ¿Has oído hablar de Sinluz, el amo del reino Sombrío, señor de los horizontes tenebrosos? —Pipo negó con la cabeza— Pues ya puedes ir acostumbrándote, porque a partir de ahora encontrarás noticias suyas hasta en la sopa. Y siempre malas. Verás… Nadie sabe a ciencia cierta de dónde procede Sinluz, aunque se cree que es tan antiguo como las más viejas de las estrellas. Una vieja leyenda cuenta que, allá por el principio de los tiempos, Sinluz era el hijo predilecto del Señor de las estrellas. Por aquel entonces, supongo, no se llamaba así… Pero un día se alzó contra su padre. La rebelión de Sinluz, dice la leyenda, desencadenó una guerra terrible entre los habitantes de las estrellas. Mundos, incluso galaxias enteras, desaparecieron del universo, desintegradas por completo; mientras que otras nacieron… Finalmente, el Señor de las estrellas aplacó la rebelión. A Sinluz y sus seguidores les fue arrebatada la luz: quedaron convertidos en agujeros negros.

         —¿Sabeís lo que es un agujero negro? —se interrumpió el viejo vagabundo.

         —¡Yo sí! ¡Yo sí! —exclamó Rosita levantando la mano como si estuviera en la escuela. Los demás la miramos incrédulos. Ella se azoró, pero se recompuso a tiempo—. Es… es un agujero… un agujero así… —hizo un redondel con la mano— … y es muuu… muy negro… negro, negrísimo… ¡Y lo miras y no se ve nada por él! —remató, llevándose la mano al ojo y mirando a través del redondel.

         —Muy bien, eso es —apostilló el viejo, acallando un incipiente rumor burlón—. Un agujero negro en realidad es muy pequeño: sólo un punto. Y se le llama negro porque no recibe nada de luz; es más, no sólo no recibe ni refleja la luz: sino que la devora. Y también devora todo lo que se acerca a él. Imaginaos un imán muy potente, potentísimo. Si acercáis un pedazo de metal hasta introducirlo en su área de influencia magnética, el imán lo atraerá hasta unirlo a sí; pues lo mismo hace el agujero negro con la materia: y cuando consigue atraerla hacia sí, la materia cae en el agujero y desaparece. Por esto dicen los físicos terrícolas que los agujeros negros están hechos de antimateria. Pero, en fin, sigamos con nuestra historia. Amaniel estaba terminando de contarle a Pipo la leyenda de Sinluz:

         —A Sinluz y sus seguidores les fue arrebatada toda luz: quedaron convertidos en agujeros negros. Quizá te preguntes qué relación tiene esta vieja leyenda con nuestra galaxia. Pues bien: tenemos constancia de que, en los últimos tiempos, los agujeros negros se están multiplicando por la galaxia, amenazando la existencia de todos los que vivimos en ella. Ya han desaparecido planetas enteros, devorados por agujeros negros. El procedimiento es siempre parecido: extraños visitantes, con intenciones aparentemente pacíficas o abiertamente hostiles, van instalándose en un mundo. Poco a poco, este mundo va transformándose: la luz de su atmósfera se debilita y decae el ánimo de sus habitantes, a la par que crece el poder y la presencia de los invasores. Hasta que se hacen con el dominio total del mundo, y los habitantes originales pierden la esperanza y la alegría de vivir. Entonces, no sabemos exactamente de qué manera, brota un nuevo agujero negro. Hay varias características que comparten todos estos invasores: practican la magia negra, y —todos sin excepción— adoran a Sinluz como su dios y señor. Aunque ninguno de nosotros ha visto a Sinluz —de hecho, no creo que las criaturas terrestres podamos verlo, o al menos, vivir para contarlo—, sí podemos ver a sus devotos, y sin duda padecemos las consecuencias de su abominable adoración. Estos vasallos del reino Sombrío resultan repugnantes a la vista, pues, aunque pueden ser incluso hermosos, tienen algo… O más bien, no lo tienen: es como si careciesen de alma. Pues bien: recientemente hemos descubierto un foco de infección allende nuestra frontera, en un pequeño mundo llamado Bilón —suelen escoger pequeños mundos para maniobrar a sus anchas—. Creemos que los adoradores de Sinluz están preparando allí el advenimiento de otro agujero negro; lo cual significaría la destrucción, a medio plazo, del sur de la galaxia… y quién sabe si, a largo plazo, la desaparición de la galaxia entera.

         Amaniel se detuvo, tomando aliento tras su larga explicación. Pipo se había quedado muy serio.

         —Pero aún es pronto para entrar en más detalles. Ahora ven: quiero que conozcas a alguien.

         Echaron a andar hacia las afueras de Mirabilia. Al rato salieron de la ciudad. Descendían hacia un valle, aproximándose al río Beo, que habían de cruzar para proseguir su camino, por lo que se encaminaron al puente. Los pilares de éste eran de piedra, pero su calzada estaba construida con tablones de madera. En ese momento, una cuadrilla de obreros franqueaba el puente. Llevaban una carreta tirada por dos bueyes. Los bueyes apenas podían con la carreta, porque estaba llena de grandes y pesadas losas de piedra, y mugían quejumbrosos. De pronto, uno de los tablones de madera —quizá carcomido o agrietado— cedió bajo el peso de las ruedas traseras de la carreta y se resquebrajó: las ruedas quedaron atrapadas en el hueco y las losas empezaron a deslizarse, amenazando con desplomarse. Por más que tiraban, los bueyes no eran capaces de desatascar la carreta. Por otra parte, los obreros no se atrevían a detener la inminente caída de las losas, pues éstas sin duda los aplastarían. Entonces un hombretón alto y fornido que también cruzaba el puente se abalanzó al extremo trasero de la carreta y, sustentando sus grandes pies en el tablón anterior al que había cedido, alzó en vilo la parte trasera de la carreta sin esfuerzo aparente, sirviéndose tan sólo de sus dos brazos.

         —Tendréis que descargar las losas una a una, y llevarlas a pie hasta el otro lado del puente, hasta que la carreta quede lo suficientemente aligerada —indicó el coloso a los obreros, quienes, impresionados, asintieron y obedecieron, poniéndose de inmediato manos a la obra: pese a que eran hombres musculosos, sólo podían transportar una losa entre dos hombres cada vez. El hombretón seguía sosteniendo el carro en el aire sin inmutarse.

         —Increíble… —murmuró Amaniel.

         —Voy a ayudar a ese hombre —afirmó Pipo, disponiéndose a la acción—, pues es imposible que aguante así mucho rato.

         Pipo se situó junto a él y trató de ayudarlo a sostener la carreta, pero notó que su contribución no alteraba en nada la situación: él solo no hubiera podido ni menearla, y en cambio el hombretón la sostenía tranquilamente. Le sacaba una cabeza de altura, y al menos dos de anchura. Reparó en Pipo.

         —Hombre, gracias. ¿Cómo te llamas?

         —Pipo. Pipo de Teotolcan. ¿Y tú?

         —Rolando. Rolando de Brumaria. Aunque aquí me dicen Rolando de las montañas. Encantado.

         Pipo se quedó asombrado cuando Rolando le tendió la mano: pues seguía sosteniendo tranquilamente el carro con la otra sin siquiera alterar la expresión. Rolando le dio un apretón de manos que casi le rompe los dedos.

         Al fin los obreros terminaron la descarga y se llevaron el carro. Rolando les aconsejó no cargarlo tanto de nuevo. Luego miró el puente.

         —Conviene reparar eso. ¿Alguien tiene un hacha?

         Uno de los obreros le tendió una. Rolando derribó un árbol de un solo tajo; con cuatro tajos más obtuvo un sólido tablón, que asentó en el hueco abierto por el tablón que se había resquebrajado. Para terminar, en cuestión de segundos desmenuzó el resto del árbol, reduciéndolo a astillas y pedazos, y los metió en un saco.

         —Servirá de leña para el invierno.

         Entonces vio a Amaniel.

         —Caramba, pero si está aquí el gran honorable… —avanzó hacia él con una sonrisa de oreja a oreja y le tendió la mano—. Qué tal, viejo, cómo te va…

         Pipo pegó un respingo al oír cómo Rolando se dirigía a Amaniel, pero éste le devolvió la efusiva sonrisa e intercambió con él un caluroso apretón de manos.

         —Qué hay, pequeñín, cómo estás… Precisamente quería presentarte a Pipo. Aunque he visto que ya os habéis presentado vosotros.

         —Sí… Buena gente —afirmó Rolando, sacudiéndole a Pipo una amistosa palmadita en la espalda que casi se la rompe—.

         Rolando procedía del otro confín de la galaxia: los planetas montañosos del Norte. Eran planetas llenos de bruma, lluvias, montañas, verde vegetación y vacas pastando. Sus gentes se dedicaban al ganado y al pastoreo, aunque la tribu a la que pertenecía Rolando —conocida como la tribu de los montaraces— se distinguía por su carácter indómito y la intrepidez en la lucha. Eran gentes hospitalarias y bienhumoradas, que gustaban de la danza y la música, la cual cultivaban con unos instrumentos llamados gaitas. Su magia era muy primitiva; allí los magos recibían el nombre de druidas y vivían en los bosques: dominaban el alfabeto de los árboles y así se comunicaban con las entidades arbóreas. También podían hablar con toda clase de pájaros.

El difunto padre de Rolando fue uno de los mejores guerreros de la galaxia, y combatió en batallas memorables junto a Amaniel. Antes de morir había instruido a su hijo en la lucha y los arcanos de la magia montaraz.

Como Pipo, Rolandito también disponía de un arma mágica; pero no se trataba de una espada. Aunque habitualmente parecía una simple clava de roble, ante la contienda se transformaba en una maza, de cuyo extremo pendía una corta cadena que terminaba en una enorme bola de hierro con pinchos.

         —Rolando llegó hace un par de días —informó Amaniel a Pipo—. Haréis el ingreso formal en la orden el mismo día. Seréis, pues, compañeros de instrucción; pero, además, seréis también compañeros de habitación, pues al ingresar os alojaréis en la misma celda.

         —¿No roncarás por las noches? —preguntó Rolando a Pipo con cara de alarma.

         —Creo que no… —se defendió Pipo—. Al menos, hasta ahora nadie me ha dado noticia de ello.

         —No te preocupes… Aunque lo hicieras, ¡mis ronquidos disimularían los tuyos! —y lanzó una gran risotada. Su risa era descomunal como su tamaño—.

         —Sería un bonito gesto de tu parte.

         —Quienes han dormido cerca de mí aseguran que mi forma de roncar es similar al rugido de un tigre dientes de sable.

         —Me muero de curiosidad por comprobarlo… cuando lo haga, espero no morirme de sueño —Pipo se volvió a Amaniel—. Gran maestre, estoy seguro de que Rolandito y yo haremos buenas migas…

         —¡Rolandito! ¡Tiene gracia! ¡Ja, ja, ja…! —rió Rolando, atizándole a Pipo otra amistosa palmadita de las suyas en la espalda. Pipo lo apuñaló con la mirada.

Sin embargo, pese a los antológicos ronquidos de Rolando, Pipo y él efectivamente hicieron buenas migas, convirtiéndose en amigos inseparables y compañeros de aventuras sin número ni cuento. Durante el período de instrucción fueron los dos alumnos más aventajados. En las pruebas de fortaleza física, Rolando no tenía rival. Pipo destacó especialmente en el uso de la espada y el desarrollo de estrategias militares. En combate, ambos eran inigualables…

—¡Yo quiero hacer las pruebas para hacerme caballero andante! —exclamó Jorge interrumpiendo el relato del viejo.

—¡Y yo! ¡Y yo! ¡Yo también! —clamaron los restantes pequeñuelos.

—¿De veras? Muy bien. Celebraremos la primera prueba ahora mismo —el viejo los miró con cara muy seria. Los enanos se pusieron asimismo muy serios, y esperaban que continuase un tanto sobrecogidos—. Tenéis que… iros a la cama ahora mismo. El que antes se duerma gana más puntos.

La decepción se pintó en sus caritas, y, como de costumbre, se hicieron los remolones. Cada vez me caía mejor el viejo éste. Conteniendo la risa, los puse a desfilar.

—A la cama, caballeros andantes. Vamos… ¡a galope tendido!