Dark Light

—¿Por donde andábamos? Ah, ya, estábamos por cuando Pipo y su amigo Rolandito ya habían ingresado en la orden de la Esperanza, pero aún no habían sido investidos caballeros…

Pero, entre tanto, durante todo este tiempo, ¿Qué había sido de Clara, nuestra dama de la estrella, así como de Teotolcan, el pequeño planeta donde nació Pipo?

Al principio, como ya os dije, Clara lo pasó muy mal durante la ausencia de Pipo. Pero luego, como también os dije, Clara concluyó que esta ausencia resultaba antes un consuelo que una desgracia; pues sin duda era lo mejor para todos. Así que, con el paso del tiempo, Clara se repuso de su tristeza —si bien no olvidó nunca a Pipo—, y su estrella volvió a brillar en todo su esplendor —un esplendor no exento, sin embargo, de un matiz de melancolía que, no sólo no menoscababa aquél, sino que, por el contrario, acentuaba su hermosura; de hecho, cuentan que jamás se vieron en Teotolcan amaneceres y crepúsculos tan bonitos como los del período al que me estoy refiriendo.

De manera que Clara seguía sonriendo, y la vida seguía transcurriendo apaciblemente en Teotolcan…

Quien, sin embargo, no se recuperó del abandono de Pipo fue Carolina… La muchacha de largas pestañas que fue su novia, ¿Os acordáis? Pipo estuvo a punto de casarse con ella pero, al comprobar que seguía enamorado de Clara, rompió el noviazgo, poco antes de embarcarse rumbo a Abraláin… Pues bien, después de que Pipo pusiera término a su relación, Carolina cayó en una profunda depresión: tenía el orgullo herido y el corazón roto. Es difícil saber, a tenor de lo que sucedió posteriormente, qué fue lo que le causó más daño: si su orgullo o su corazón.

El caso es que no quería ver a nadie y se negaba a salir de su habitación, sumiéndose en un estado de apatía total. Sus padres, sumamente afligidos y preocupados, intentaban ayudar sin éxito a su única hija. Estuvo así una larga temporada —hasta bastante después de la marcha de Pipo—. Pero al cabo, sin que se sepa muy bien de qué manera, comenzó a cultivar una afición que antes nunca había practicado, y esta afición la hizo reaccionar, retornando a la vida activa. Sus padres, al percatarse de que algo despertaba su interés sacándola de la apatía, incentivaron esta dedicación con la mejor de las intenciones. Lo que había despertado el interés de Carolina, su nueva afición, era la magia.

Con el tiempo, la magia para Carolina fue transformándose de afición en pasión; y, posteriormente, devino obsesión: finalmente ya sólo vivía por y para la magia. Al principio, comenzó iniciándose en los secretos de las artes ocultas por su cuenta, consultando libros de hechizos y sortilegios que encontraba, bien en la biblioteca de su padre, bien en colecciones públicas o privadas de libros.

Después, empezó a dar clases con diferentes maestros de la magia teotolcanecos. Mostraba un apetito voraz de conocimientos, nunca se saciaba, quería aprender más y más. Hasta el punto de que sus padres, inicialmente aliviados, empezaron a preocuparse seriamente de nuevo, pues percibían en esta práctica compulsiva un no se qué tan insano y peligroso como su anterior actitud, si no más.

Carolina superaba ya con creces en las artes esotéricas a la mayoría de los maestros del pequeño planeta, así que se puso a recibir clases del más prestigioso mago de Teotolcan.

A los pocos días, el mago se reunió confidencialmente con sus padres, y les aconsejó severamente prohibirla seguir ejercitándose en la magia. “Tiene peligrosas inclinaciones y un potencial oscuro se agita en su interior.”

Al día siguiente, el mago había desaparecido misteriosamente de su residencia, y en su lugar se encontró, ataviado con su túnica de mago… ¡A un cerdo! Del mago nunca más se supo. Los padres comenzaron entonces a temer no sólo por la salud de su hija… sino también por la suya propia: pues Carolina se había vuelto caprichosa y despótica, y a todo aquél que contrariaba sus deseos le acaecían sucesos extraños y desafortunados, a menudo de difícil explicación —cuando no desaparecía misteriosamente.

Pero volvamos a Abraláin, donde Pipo y Rolando proseguían su instrucción con vistas a su nombramiento como caballeros.

Una de las aventuras que hizo época en Abraláin fue la épica pelea entre Pipo y Rolando. Fue la primera y última vez que pelearon entre sí, pues siempre, incluso en los entrenamientos y justas, habían rehuido hacerlo.

El caso es que Rolando se había enamorado perdidamente de una linda damisela llamada Rosalinda. Bebía los vientos por ella, y después de beberlos diríase que los expulsaba, —pues lanzaba hondos suspiros que provocaban auténticos vendavales por toda la región. De manera que empezó a rondarla, pero ella se hacía la desentendida, hasta que acabó prometiéndola que haría lo que ella le pidiera con tal de obtener el favor de su atención: así le pidiera la luna de Farundalaia —la más hermosa de todas las lunas de la galaxia, muy parecida a la nuestra—, él se la traería a rastras. Rosalinda no era tan caprichosa como para pedirle la luna, pero no os creáis que se quedó corta. El río Beo —en su franja más caudalosa— dicurría lo suficientemente alejado de su hacienda como para que, cada vez que la pobre Rosalinda quería bañarse en sus limpias y frescas aguas, tuviera que pegarse una buena caminata… Así que le pidió a Rolando que desviara el curso de este río para que pasara por sus tierras.

Sin reparar en las consecuencias, Rolando se aprestó a la tarea, jurándola que en no más de un día habría terminado. Ahora bien: semejante desvío alteraba el curso natural en la vida de los lugareños, pues dejaría sin riego muchas tierras de labranza y, en cambio, regaría otras que no estaban pensadas para el cultivo.

Los compañeros de Rolando trataron de hacerle entrar en razón —así como muchos entre los mismos caballeros—, pero él, obcecado en su demostración de amor, no atendía a razones: se los fue quitando de enmedio como quien aparta moscas de un manotazo, sin apenas interrumpir su labor: tras cavar una larga y profunda zanja, que arrancaba de la ribera del río y llegaba hasta un lago cercano, procedió a trasladar gigantescos pedruscos hasta la orilla del Beo, con el fin de obstruir su curso natural. La propia Rosalinda, suficientemente impresionada, intentó hacerle desistir de su empeño, insistiéndole en que su petición había sido una broma… y que saldría con él a pasear de su brazo. Pero Rolando replicó que, ya que había empezado, ahora nada le detendría.

Los caballeros recurrieron a Amaniel, pidiéndole que hiciera valer su autoridad sobre Rolando… Pero Amaniel, que disfrutaba como un enano ante la situación, replicó divertido —y con ironía, pues además de gran maestre era un fantástico luchador— que ya estaba mayor para recibir un vapuleo…

—Esto ya pasa de castaño oscuro —se dijo Pipo, decidiendo al fin interponerse en el camino de Rolando. Así que, cuando éste estaba descargando un pedrusco, se encaró a él. Rolando terminó la descarga y al darse la vuelta lo encontró enfrente suyo, mirándolo muy serio.

—¿Tú también…? Aparta, estoy ocupado —y lo apartó de un manotazo en el pecho que lanzó a Pipo por los aires. Pipo se estrelló contra un montón de balas de paja, a unas decenas de metros.

Cuando Rolando regresaba a la cantera para acarrear otro pedrusco, se encontró con que, a la entrada de aquélla, Pipo le cerraba el paso, blandiendo admonitoriamente su palo de roble.

—¿Se puede saber qué haces? —le espetó Rolando.

—Eso digo yo —le replicó Pipo—. ¿Se puede saber qué haces, aparte del tonto?—Yo te he preguntado primero —repuso Rolando ceñudo, pronto a encorajinarse.

—Bien, entonces te responderé. Voy a impedir que sigas haciendo el tonto.

—¿Tú? ¡Ja! —Pipo alzó su palo y comenzó a girarlo mediante un hábil juego de muñeca—. Oye… ¿No pretenderás usar eso contra mí?

—Sólo como estaca… ¡Porque te mereces un par de estacazos! —y remató la frase atizándole uno en la frente. Rolandito resopló, y su resoplido sonó como el bufido de un toro.

—Tú lo has querido —y, adoptando guardia de púgil, avanzó resuelto hacia Pipo.

Durante dos días seguidos, pues ambos tenían una impresionante resistencia física, Pipo y Rolando estuvieron peleando, sin tregua ni descanso. Rolando era rapidísimo, —pero Pipo aún lo era más. De modo que siempre esquivaba sus golpes en el último momento, y le atizaba a cambio un estacazo.

Rolando estaba ya casi agotado, mientras que Pipo, aunque también cansado, se mantenía más entero —pues los golpes que más desgastan son precisamente los que se lanzan al aire—. Una y otra vez, Rolando trataba de zanjar la pelea con un golpe definitivo… pero, una y otra vez, Pipo lo esquivaba en el último momento… y, de propina, le encajaba otra “caricia” con el palo.

A decir verdad, los estacazos de Pipo no afectaban a Rolando más de lo que lo haría la picadura de una pulga; era el agotamiento su más peligroso enemigo. Pero esos estacazos iban levantando sobre su piel un rosario de moratones que le conferían un lamentable aspecto…

Rosalinda se acercó a presenciar el combate poco después de que éste comenzara. Mediada la segunda noche, tras el enésimo estacazo, ella no pudo contenerse más y estalló.

—¡Basta! ¡Déjalo ya, pedazo de bruto!

El grito de Rosalinda distrajo la atención de Pipo durante un instante. Y ese instante bastó para que el puño de Rolandito lo alcanzara de lleno (pues ya había lanzado el golpe cuando la dama gritó; porque, de ley es advertirlo, Rolando era demasiado noble como para aprovecharse intencionadamente de una ventaja irregular).

En golpeando el puño de Rolando la cara de Pipo, éste salió literalmente disparado por los aires, practicando el vuelo sin motor durante un centenar de metros, hasta aterrizar en una ciénaga pestilente de escaso calado. Pese a la escasa profundidad, Pipo —medio inconsciente por efecto del impacto— se hubiera ahogado de no haber acudido Rolando —arrepentido al instante de su acción— en su inmediato socorro.

—¡Pipo! ¡Pipo! —lo zarandeó tras incorporarlo de la charca. Y lo abrazó aliviado al comprobar que reaccionaba— ¡Perdóname, amigo! No volveré a permitir que una mujer me enemiste contigo…

—¿Rolando? ¡Rolando! —inquirió en la noche la voz trémula de Rosalinda, que lo requería preocupada. Rolando, al oírla, se olvidó instantáneamente de la existencia de Pipo y, dejándolo caer de nuevo en la charca, salió despepitado en pos de su amada.

—¿Rosalinda? ¡Rosalinda!

Lo último que supo Pipo de Rolando esa noche, fue un comentario de Rosalinda que oyó mientras se levantaba y salía de la apestosa charca.

—¡Agh, qué mal hueles! ¿Dónde te has metido, para ensuciarte de esa manera?

Al amanecer, Rolando tapó la zanja que había excavado y retiró los pedruscos apilados a la orilla del río Beo. Se disculpó con todo el mundo, especialmente con Pipo, pues el moratón que éste lució en el ojo durante los días siguientes compensó con creces los que él le había infligido a Rolando en el curso de la pelea. Después fue a pedir perdón por la falta cometida a Amaniel, quien le ordenó en penitencia que —ya que tanta habilidad había mostrado en la canalización de aguas— construyera tres acueductos provechosos para la región.

A partir de entonces Rolando obtuvo el favor de su amada Rosalinda, y comenzó a cortejarla formalmente. Hay que decir que a Pipo, por el contrario, jamás se le conoció mujer en Abraláin. Porque Pipo se mantuvo fiel en todo momento al indeleble y sagrado recuerdo de su amada Clara, la dama de la estrella: su querida Clara. A menudo pasaba noches en vela mirando el firmamento sin verlo —porque, sabiendo que no podía ver en él a su amada, lo miraba con ojos empañados.

Un día, ya finalizada su instrucción, poco antes de su investidura como caballeros de la orden de la Esperanza, Rolando habló con Pipo.

—Oye, ahora que nos van a ordenar caballeros, ¿No crees que deberíamos tener un par de buenas monturas?

—Ya he pensado en eso. Mañana podríamos acercarnos a las caballerizas de Guanthro, donde se crían los mejores…

—No, hombre, no me refiero a simples caballos —Pipo lo miró intrigado; a Rolando le relucieron los ojos—. Verás… ¿Has oído hablar del Planeta de las criaturas fabulosas?

—Claro —asintió Pipo—. Pero ese planeta es una leyenda, un cuento para niños…

Rolando negó con la cabeza, muy serio.

—En absoluto. Ese planeta existe, te lo digo yo. Lo sé de buena tinta —se arrimó a Pipo y adoptó el tono de quien se dispone a revelar una confidencia celosamente guardada—: Mi padre estuvo en él. Es más, antes de morir, me explicó cómo llegar hasta allí, dejándome un mapa con sus coordenadas espaciales. Mi plan es el siguiente: nos vamos tú y yo, solos, en secreto, llegamos allí, nos hacemos con un par de cabalgaduras curiosas, y nos volvemos. ¿Sencillo, no? ¿Qué te parece?

A Pipo le parecía una locura, pero nunca desperdiciaba la ocasión de correr una buena aventura, así que aceptó de buena gana.

Se hicieron con un pequeño barco de vela y provisiones para el viaje, y partieron al anochecer. Rolando soplaba con ímpetu sobre la vela. Gracias a sus poderosos pulmones avanzaban muy rápido.

Imaginaos un mundo poblado por las fantásticas criaturas y los pintorescos animales de los que hablan los cuentos y leyendas: pues eso era el planeta de las criaturas fabulosas. No me detendré a describiros las maravillas de este mundo, pues os podríais volver casi tan viejos como yo, y aún así no habría hecho más que empezar.

En cuanto aterrizaron, Rolando se puso a otear los horizontes. Al fin divisó a un imponente y extraño animal que sobrevolaba una lejana montaña. Tenía el cuerpo y las patas de un gigantesco león, pero cabeza y alas de águila.

—¡Ahí está… el Grifo! Cuando mi padre estuvo aquí —le explicó a Pipo mientras sacaba una gruesa soga y se la enrollaba al hombro— intentó atrapar a esa bestia, pero era ya un hombre entrado en años, y no lo consiguió; todo lo que obtuvo de su encuentro con él fue el recuerdo imborrable de sus garras y su pico: pues desde entonces llevó la espalda decorada con espantosas cicatrices… Yo juré que algún día viajaría hasta este lugar, sometería al Grifo y cabalgaría sobre su lomo. Es la hora de cumplir mi juramento. Y a fe que ardo en deseos de hacerlo. Es una cuestión personal entre ese bicho y yo. Nos reuniremos aquí en veinticuatro horas. Estoy seguro de que encontrarás una montura digna de ti —y, sin más dilación, salió corriendo en dirección al Grifo—. ¡Grifo! ¡Ho—hou! ¡Ey, Grifito! —se llevó una mano de bocina a la boca y emitió un desafiante graznido de águila— ¡Uaaaaak! —pues os recuerdo que Rolando era de la tribu de los montaraces, y los montaraces entendían el lenguaje de toda clase de pájaros.

—¡UAAAAAAK!      —replicó el Grifo desde la lejanía: y su espantoso graznido sonaba como una bandada de águilas graznando en medio de una tormenta.

Pipo vio alejarse a Rolando, corriendo ligero como el viento. Luego se sentó sobre una piedra, pensativo. No había pasado mucho rato cuando oyó de nuevo el espantoso graznido del Grifo. Levantó la vista y contempló la lejana silueta del Grifo retorciéndose en el aire: pues Rolando había conseguido echarle el lazo a una pata, y tiraba hacia abajo con todas sus fuerzas, mientras que el animal se resistía enconadamente.

De pronto, un relincho sacó a Pipo de su contemplación. Miró en derredor y contempló, a escasa decenas de metros, la yegua más bonita que había visto en su vida. Era completamente blanca —de un blanco puro y resplandeciente—, esbelta y proporcionada de formas, y muy guapa de cara. Lo miraba curiosa, como preguntándole qué hacía allí. Entonces alzó sus patas delanteras y, relinchando de nuevo, desplegó sus majestuosas alas —sí, habéis oído bien: la yegua tenía alas— y levantó el vuelo, aleteando en círculos alrededor de Pipo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Pipo, encandilado; ella se detuvo en el aire sin dejar de batir las alas y respondió con un relincho cantarín— ¿Miralda? —pues así le había sonado el relincho de la yegua—. Muy bien, Miralda, mira lo que tengo para ti —rebuscó entre las provisiones hasta encontrar lo que buscaba: un saquito con terrones de azúcar, dulces y golosinas (pues Rolando era muy goloso, y siempre llevaba dulces consigo)—. ¡Ven, bonita, acércate! —Pipo comenzó a avanzar hacia Miralda, con la mano abierta tendida, mostrándole en su palma un par de terrones— Están muy ricos. ¿No quieres?

La yegua miró los terrones con avidez y pareció tentada de acercarse a probarlos… pero luego cabeceó y se alejó unas decenas de metros, posándose en un peñasco. Desde allí, relinchó otra vez y se quedó mirando a Pipo.

A diferencia de Rolando, Pipo comprendió desde el principio que no capturaría por la fuerza a su montura —no tanto porque no pudiera hacerlo, como porque no estaba dispuesto a ejercer ningún tipo de violencia sobre una criatura tan bonita—. De modo que se armó de paciencia y caminó tras ella, dirigiéndole amables palabras y ofreciéndole diversas golosinas. Poco a poco, Miralda se fue mostrando sensible a los piropos y halagos que Pipo le dedicaba. Por fin consiguió que ella aceptara un terrón que previamente había depositado sobre una roca, alejándose a continuación unos metros. Claro, luego Miralda quería más. Así que, tras sucesivas aproximaciones, finalmente acabó comiéndose un terrón de la misma palma de su mano.

—Eres muy linda, Miralda —le dijo, acariciando sus largas y tersas crines. Pero cuando intentó montarse encima, la yegua relinchó asustada y se encabritó, alzando el vuelo y tirando a Pipo al suelo. Después se alejó volando.

Pipo se sentó, cabizbajo y desalentado.

Entre tanto, Rolando libraba un encarnizado cuerpo a cuerpo con el Grifo. Éste se revolvía enfurecido, dando volteretas por los aires. Pero Rolando, aferrado a él, no soltaba su presa. Estaba lleno de desgarrones y picotazos de los que manaba sangre abundante, aunque por fortuna ninguno había alcanzado un punto vital. Poco a poco, no obstante, consiguió ir enredando al animal —sirviéndose de la fuerte soga con la que le había echado el lazo— en una intrincada madeja que rodeaba todas sus extremidades; él mismo había quedado atrapado en esa madeja, y unido así al Grifo —aunque arreglándoselas para quedar situado sobre su lomo—. Después logró asir con gran esfuerzo los dos extremos de la soga, agarrando uno con cada mano. Entonces tiró de ellos hacia sí, con toda su energía. Al tensarse, la cuerda aprisionó al animal, inmovilizando todos sus miembros. El Grifo, y Rolando con él, se precipitaron al suelo.

—No quiero hacerte daño, amigo Grifo. Sólo quiero que nos entendamos. Aflojaré un poquito la presión, a ver cómo te portas.

Cuando lo hizo, el Grifo remontó el vuelo y se encabritó de tal manera que Rolando hubiera salido despedido por los aires como un muñeco, de no haber estado firmemente atado al animal. Enojado, Rolando apretó la cuerda nuevamente, con tal fuerza que casi estrangula al Grifo: frenó en seco su vuelo y ambos cayeron otra vez, dándose un buen costalazo.

Al rato Rolando volvió a aflojar. Esta vez el Grifo, aunque no reaccionó lo que se dice con mansedumbre, tampoco lo hizo con la violencia de la vez anterior. Se puso a volar trazando círculos y cabriolas con Rolando encima.

—Esto empieza a gustarme. Vamos mejorando, amigo Grifo.

Caía la tarde cuando Pipo oyó la voz triunfal de su amigo.

—¡Ho—hou! ¡Pipooo! ¡Llega Rolandito con su fiel Grifo!

—¡UAAAAAK! —corroboró el Grifo.

Rolando, montado sobre el Grifo (ya sin necesidad de cuerda) regresaba por el aire a gran velocidad. Componían una estampa impresionante, pues la figura de ambos —jinete y montura, a cuál más corpulento— se recortaba contra el sol crepuscular de aquella zona de la galaxia. El Grifo aterrizó a unos metros de Pipo. Rolando desmontó.

—Al final, ya lo sabía yo, Grifo y yo nos hemos hecho amigos —afirmó, acariciando la cabeza del animal—. Bueno, Pipo, cuando quieras podemos irnos.

—En cuanto digas. Aunque, como ves, yo no he encontrado montura.

—¿Ah, no? —replicó Rolando con extrañeza— ¿Y eso qué es? —preguntó, señalando detrás suya. Justo entonces algo se frotó contra la espalda de Pipo.

—¿Qué…? —se dio la vuelta y comprobó con alegre sorpresa que lo que se había frotado contra su espalda era el hocico de la hermosa yegua alada— ¡Miralda! Eres tú, bonita… —Miralda hizo un gesto con la cabeza invitándolo a subir sobre su lomo. Pipo lo hizo, y Miralda no sólo no protestó, sino que revoloteó encantada, relinchando con placer.

Y así fue como Pipo y Rolando se hicieron con sus magníficas monturas, únicas en toda la galaxia. Con el tiempo, Miralda respecto de Pipo, y Grifo respecto de Rolando, se convertirían en sus fieles y queridos compañeros de fatigas. Y mañana seguiremos, chicos, porque este último viaje me ha dejado muerto de sueño.